VIOLETA
VIOLETA
Éste es el relato de Violeta, mi amada tortuga de la infancia. A decir verdad, se llamaba Violeto, pero eso lo descubrí con los años y gracias a un veterinario que conocía un poco más acerca de tortugas y género. Sin entrar en el dilema existencial de Violeta o Violeto, hoy necesito decir que aquella tortuga me hizo inmensamente feliz.
Todo comenzó en casa de mi abuela. Detrás de plantas y plantas, se escondía una tortuga. En ese patio inmenso repleto de plantas, luz, tierra y armonía, vivía la tortuga de mi abuela, Margarita. De tanto verla y observar su morfología, aprendí de su comportamiento. Reparé en su caparazón: me parecía mágicamente perfecto y admirable. Y cómo escondía su cabeza, sus ojos, sus patas. Mi abuela me explicaba que algunas podían nadar, pero que la de ella sólo andaba por la tierra. Tantas horas compartidas, hicieron que mi cariño hacia su tortuga fuera cada vez más grande. Fue así que un buen día le pedí a Susana -mi abuela-, que me regale una para mí. En ese entonces, yo vivía con mi familia en un apartamento que tenía un balcón espacioso, con varias plantas también.
Para mi cumpleaños número ocho, vino mi abuela a mi casa con una cajita. Imaginé qué podía ser, pero hasta no verla... no lo creía. Abrí la caja y allí estaba: una tortuga muy pequeña -ya que la de mi abuela era mayor en todo sentido-. A partir de ese día, le puse un nombre y emprendimos el camino de conocernos mutuamente y construir nuestro vínculo de amor. Yo era la encargada de darle las comidas, de limpiar la caca que iba dejando por la casa, de entretenerla como podía.
En el colegio donde iba, me enteré que una compañera tenía una tortuga también. Fue entonces cuando la invité a mi casa, junto a su tortuga, para que compartiera un rato con Violeta. Fue allí cuando aprecié su verdadera personalidad: la mía perseguía a gran velocidad a la otra tortuga, y juntas parecían disfrutar ese momento, de pertenecer a la misma especie. La otra niña y yo estábamos muy sonrientes y entendíamos que dos tortugas juntas, podían ser más felices. Algunos podían pensar que era un juego de niños, pero detrás de todo eso, había un mundo por explorar y dos historias de tortugas que se cruzaban.
Como dije anteriormente, una de las anécdotas de color fue la visita al veterinario. Él me explicó que la edad de la tortuga se calcula observando su caparazón, pero en ese instante no pude retener tanto la enseñanza, porque lo que ocurrió luego me dejó pensando toda una noche. "Esta tortuga no se llama Violeta", me dijo. "¿Cómo que no?", pregunté inquieta. "Es macho", exclamó seriamente. "Bueno, entonces es Violeto.", le dije despreocupada. Sin embargo, esa noche no pude dormir mucho. A decir verdad, no era un tema que me inquietaba particularmente, pero ese descubrimiento me hizo dar cuenta que aún no conocía tanto sobre tortugas y que siempre se puede aprender algo nuevo. Desde ese episodio, traté de llamarlo Violeto pero me costaba mucho y a veces lo olvidaba. Problemas de seres humanos, que nos cuesta asimilar ciertas noticias.
Pero la situación más triste vino después: mi familia había decidido mudarse de casa, por algunos problemas económicos que estábamos viviendo. Y el nuevo apartamento era más pequeño, sombrío, sin patio, sin balcón, sin plantas, sin vida. Dicen que las mudanzas son de por sí estresantes, por todo lo que conlleva el cambio. Lo más angustiante era que no podíamos tener una tortuga en ese nuevo hogar. Fue la etapa de la despedida, fue la espada de Damocles en el pecho, fueron los llantos más profundos de mi ser.
Mi abuela se sentó conmigo y me contó que su tortuga había muerto y que ella vivía en un apartamento pequeño también, sólo con algunas plantitas pequeñas. Que la vida consiste en dejar de lado el egoísmo y darle la libertad a quien tanto amamos. Me dijo que ella conocía una señora que vivía en una casa con árboles, plantas y muchas tortugas, y que allí Violeto sería inmensamente feliz. Cuando pensé en todo eso e imaginé a Violeto rodeado de tortugas, visualicé su bienestar y pude sentirme en paz conmigo misma. Realizamos la mudanza y la despedida. Nunca olvidaré su compañía, y aunque la vida nos ponga obstáculos en el trayecto, sé que hice lo mejor para su vida.
Te extraño, Violeta. Siempre en mí.
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